Salinas: La Dolores, La Roqueta y San Félix

La Salina de Nuestra Señora de los Dolores se encuentran situadas en la zona sur del saco interior de la Bahía de Cádiz. Esta salina ocupa una superficie aproximada de 70 hectáreas y se encuentra limitada en su lado Este por el río Arillo, antiguo canal que conectaba el saco de la Bahía con el mar abierto y cegado en la actualidad por el avance de las arenas de la playa de Torregorda; en el Sur por la carretera nacional IV, en el Oeste por las Salinas de La Roqueta o Santibáñez y en su lado Norte por el saco interno de la Bahía.

La Salina La Roqueta o Santibáñez, se sitúa contigua al oeste de La Dolores, limitando con ésta y la carretera CA-33 por sur y oeste y al norte con el saco interno de la Bahía.

Por otro lado, la Salina de San Félix limita al norte con la CA-33, al oeste con las instalaciones militares de Torregorda, al sur con la playa de Torregorda y el este con el Caño del Río Arillo, límite natural de la provincia que la separa de la Salina de los Tres Amigos, perteneciente ya al término municipal de San Fernando.

Se trata de tres antiguas salinas, ahora abandonadas, con su estructura muy deteriorada y dedicadas a una explotación acuícola extensiva (despesque de peces que entran al estero con la marea cuando alcanzan talla comercial mediante alimentación natural).

Distintas compuertas permitían la entrada o salida del agua del mar a las salinas, al denominado estero. Una vez dentro, el agua era conducida por una red de canales en zig zag hasta las distintas parcelas de almacenamiento construidas en el terreno de una profundidad aproximada de entre 15 a 20 centímetros y que van disminuyendo la profundidad para facilitar la evaporación. El agua permanecía un tiempo en estas áreas de evaporación hasta pasar a la zona conocida como la tajería donde se recogía la sal y se amontonaba en grandes pirámides de sal.

Debido al abandono de estas salinas se ha producido el deterioro de los muros y rotura de compuertas, por lo que nos encontramos con compartimentos sin lámina de agua, otros con influencia mareal, muros repletos de vegetación….

Así, desaparecen en algunos compartimentos las praderas de macrófitos sumergidos  y aumentan las especies propias de marisma alta en los muros de estas salinas como el salado (Limoniastrum monopetalum), la alacranera (Arthrocnemum macrostachyum), el almajo (Sarcocornia fruticosa), Frankenia laevis, Suaeda vera, Salsola brevifolia y Mesembryanthemum nodiflorum.

En los casos en los que hace su presencia de almajo (Sarcocornia perennis), se implanta en los bordes inferiores de los muros, ocupando la zona que está más en contacto con el agua de las salinas. De este modo se puede apreciar una leve zonación, en la que esta última especie ocupa los niveles inferiores, mientras que el salado (Limoniastrum monopetalum) siempre está en las zonas más altas de los muros, junto con la alacrana o sosa jabonera  (Arthrocnemum macrostachyum).

Es destacable la ausencia significativa de especies que sí aparecen en otras marismas de la Bahía de Cádiz, como son la salicornia ( Salicornia ramosissima) y Spartina densiflora (invasora).

Como consecuencia de la nula influencia mareal, el lavado pluvial y el aporte de sustrato exógeno, sobre determinados tramos de algunos muros de determinadas salinas, inducen a que no sea la vegetación halófita la única presente en este espacio, ya que es muy frecuente hallar especies ruderales sobre la zona central de dichos muros, de algunos caminos y otras zonas antropizadas (cerca de construcciones, accesos, etc.). Básicamente, las especies ruderales más habituales son gramíneas anuales. También se encuentran especies alóctonas invasoras que se han naturalizado, como por ejemplo la Uña de León (Carpobrotus edulis) o la Chumberas (Opuntia tuna), sobre espacios con una alta cobertura de vegetación de marisma alta.

Las marismas transformadas en salinas con aguas someras, bien iluminadas, fácilmente renovables, con unos niveles aceptables de oxigenación y con una importante fuente de nutrientes y detritos provenientes de los esteros y aguas de la bahía, le permiten desarrollar una ingente producción de fitoplancton y zooplancton que sirven de alimentación a moluscos, anélidos, crustáceos y peces. Destaca la presencia, por ejemplo, del invertebrado Nereis sp., o la gusana de sangre (Malphysa sanguinea), por ser dieta básica de los alevines de peces y aves en los esteros. Entre los crustáceos más abundantes, tanto en los esteros de las salinas como en los caños se encuentran los pertenecientes a la familia Palaemonidae, como el camarón (Palaemon varians). De entre los cangrejos más abundantes destacan cangrejo común(Carcinus maenas) y cangrejo violinista (Uca tangeri). Sin embargo, en las salinas abandonadas toda esta riqueza disminuye.

Por otra parte, las aves acuáticas, en bajamar utilizan como comederos los fangos de la zona intermareal, mientras que en pleamar se trasladan a alimentarse a las balsas de agua de escasa profundidad del interior de las salinas. Asimismo, muchas de ellas hacen sus nidos entre la vegetación de los muros de las salinas o en áreas no inundadas por las mareas. Su abandono (el flujo de agua a los distintos compartimentos deja de regularse, los muros se deterioran y rompen y la vegetación propia de marisma alta se desarrolla más), provoca que la superficie de uso para alimentación, cría y reposo de las aves acuáticas disminuya.

En los esteros de estas salinas, se realizan despesques de especies comerciales, tras la estabulación de alevines capturados con las mareas, de dorada (Sparus aurata), lubina (Dicentratus labrax), baila (Dicentratus punctatu), lisa (Liza aurata), albur (Liza ramada), lenguado (Solea senegalensis) , mújol (Mugil cephalus) y galúa (Liza saliens).

La extracción de sal ha sido, junto con la pesca de bajura, el aprovechamiento más tradicional de la Bahía. La técnica de la producción de la sal se ha mantenido casi intacta durante siglos: el agua de mar impulsada por la marea entra a través de un sistema de caños de alimentación y de compuertas por sucesivos estanques hasta que los cálidos vientos de Levante y la fuerte insolación provocan una intensa evaporación y la cristalización de la sal. El paisaje asociado a las salinas, laberintos de caños, esteros y muros, es fruto del uso efectuado por el hombre desde la antigüedad sobre la marisma que le dan singularidad al paisaje y reflejan fielmente la cultura y la economía de la bahía. La industria salinera gaditana fue una de las actividades económicas más importantes y emblemáticas de la Bahía de Cádiz, llegando a existir más de 140 salinas hasta mediados del s. XX. Nos han dejado un legado de elevado interés etnográfico ya que alberga los últimos vestigios de la cultura salinera, casas y edificaciones ligadas a la explotación salinera, las propias salinas y los molinos de marea como el de río Arillo, uno de los 19 que albergó la bahía, con sus doce piedras, se constituye como el mejor exponente de su esta tecnología y se encuentra incluido en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz.

Cuando la actividad salinera fue interrumpida, el flujo mareal y el nivel de inundación en las salinas abandonadas pasó a ser regulado exclusivamente con el fin de permitir que los antiguos esteros (embalses de agua de las salinas) permitiesen su aprovechamiento pesquero. Es la llamada acuicultura extensiva, basada en engorde natural de alevines que entran en el estero con la marea y quedan atrapados, que cuando alcanzan un determinado tamaño, son recogidos por despesque con redes.

La actividad salinera se divide en tres etapas: la roturación o preparación de la salina, la producción propiamente dicha y, por último, el transporte, amontonamiento y salida del producto. Cada salina dispone de un conjunto de depósitos de agua de distinta morfología, excavados en la marisma y que van siendo atravesados por el agua en el proceso de fabricación. Se agrupan en tres zonas: de captación y almacenamiento de agua, de evaporación y de cristalización.

La zona de almacenamiento o “estero”, también llamada “lucio de fuera”, se encuentra situada junto al caño de alimentación, del que toma agua a través de una compuerta, denominada “compuerta de marea”. Consta de dos paredes o muros –la base o “sardiné”– construidos con piedra ostionera y hormigón, y los elementos que sirven para regular manualmente la entrada y salida de agua, construidos en madera de pino de flandes curada y calafateada: “portalón”, “vírgenes”, “riostra”, “molinete”, “estrobo” y “chicote”. El muro de contención del estero que linda con el caño y limita la salina recibe el nombre de “vuelta de fuera”. Está reforzado con piedra ostionera y estacas para protegerlo de la erosión y sujetar el terreno.

Estructura de una salina. Alberto M. Arias.

El agua circula por gravedad, mediante las diferencias de nivel del agua almacenada entre un depósito y el siguiente. La comunicación entre unos y otros son compuertas pequeñas, llamadas “largaderos”, de apenas medio metro de ancho. La zona de evaporación consta de tres subunidades diferentes denominadas vueltas de “lucio”, “retenida” y “periquillo”, constituidas por canales progresivamente más estrechos y someros, de forma que vaya aumentando la evaporación.

Se va produciendo un gradiente creciente de salinidad desde la zona de captación a la de cristalización, lo que determina otro gradiente, pero decreciente, de biodiversidad. También va disminuyendo la altura de las diferentes partes de la salina desde el estero a los cristalizadores.

Finalmente, cuando el agua hipersalina de los cristalizadores de la tajería se evaporaba, la sal precipita y es recogida de los mismos.