Casa Salinera Ventorrillo de La Dolores

Las casas salineras, servían de vivienda al capataz de las mismas y su familia, ya que las salinas se hallaban aisladas de los núcleos urbanos y requerían de presencia continua para el manejo de compuertas según la marea. Además, en época de cosecha de la sal debían alojar a los obreros necesarios así como cobijar a los mulos, asnos y aperos de trabajo empleados para la recogida y transporte de la sal, por lo que constaban con salones, cuadra y pajar en alto para evitar la humedad.  Su construcción se adaptaba a las condiciones de fuertes vientos e inestabilidad del terreno, por lo que los muros se construían de gran grosor y se reforzaban con contrafuertes, así como a la elevada insolación en las salinas, construyendo ventanas pequeñas y encalando las paredes. Además, solían contar con un pequeño huerto y corral para el abastecimiento de la familia y aljibe para recoger el agua de lluvia y disponer así de agua potable.

El Ventorrillo de la Dolores es de las casas salineras más singulares de la Bahía de Cádiz, con una impresionante portada rematada por tres merlones, jardín delantero y un camino a base de cantos rodados cada vez más desgastado. La construcción propiamente dicha es de las llamadas ‘casas con patio’ según la clasificación que Suárez Japón hizo en su libro La Casa Salinera de la Bahía de Cádiz para diferenciarlas de las que denomina ‘de bloque’. Su principal característica es un patio que, como ocurre con sus homónimas del casco urbano, no siempre ocupa el mismo espacio dentro de la distribución. En el caso de la Salina Dolores funciona como nexo de unión entre el módulo principal y otro trasero con cubierta a dos aguas que probablemente se usaba a modo de cuadra y pajar. Es en este patio, además, donde se hallan dos de los aljibes de la casa adosados a los muros oeste y sur respectivamente y con sendas escaleras para acceder al depósito de agua, imprescindible para la subsistencia en la zona.

El módulo principal se distribuye en dos hileras horizontales de estancias separadas por un tabique que desaparece en el extremo oriental para dar lugar a un espacio más amplio que debió emplearse, a tenor de los ejemplos ofrecidos por Suárez Japón, como salón de trabajadores, es decir, albergue para quienes estacionalmente eran contratados para la extracción del preciado mineral. Aún es identificable el aseo, con un retrete al final de una estancia muy estrecha a la que se accede a través de un arco peraltado, y las familiares vigas de madera que día a día se desploman aunque de ellas aún penden cadenas para sujetar la lumbre. Todo esta zona doméstica presenta, a diferencia del edificio trasero, una cubierta de azotea o terrado con los típicos remates de la arquitectura popular isleña, así como un jardín delantero donde cada vez quedan menos palmeras.

El módulo posterior está techado a dos aguas, claro que de la estructura original de carpintería cubierta por tejas no queda nada, sustituyéndose en algún momento del siglo XX por otra metálica. Presenta tres gruesos pilares que sustentan, a su vez, la viga maestra que separaría las dos plantas del módulo. La presencia de estas dos plantas es evidente gracias a la serie de huecos corridos en la pared de donde arrancaban las vigas de un techo hoy inexistente, así como las dos líneas paralelas de ventanas destinadas a iluminar cada uno de los niveles.

Al oeste del conjunto, un pequeño muro rodea el perímetro del corral. En su interior hay restos de arriates donde en su momento debieron crecer productos de la huerta, y un abrevadero del que bebían los animales. Algunos de estos animales, como los burros, fueron parte imprescindible de la industria hasta ser sustituidos por raíles y vagonetas; otros, como las gallinas o los conejos también eran necesarios para la subsistencia de los residentes.

Los materiales y técnicas de construcción presentan claros paralelismos tanto con sus homónimas de la Bahía como con las construidas en el casco urbano isleño en la segunda mitad del siglo XIX, momento de auge para la industria salinera. Son muros de mampostería a base de piedra ostionera y argamasa, como corresponde a aquellas construcciones humildes que no buscan el lucimiento estético sino una funcionalidad estrictamente relacionada con el trabajo de la marisma. No obstante, como suele ocurrir en estos casos, los marcos de puertas y ventanas sí presentan un aspecto más ordenado a base de ladrillo que igualmente eran cubiertos con innumerables capas de mortero y cal.